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Archive for the ‘Mnemosyne’ Category

Comparto esto con ustedes por que es primero de enero, y porque por alguna razón amanecí con miedo, aplastada por las cosas y por el pasado. La voz de Borges me quita de momento el vértigo del tiempo, de las cosas. Espero que a ustedes también.

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This Craft of Verse. “Advice for Writers”

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L

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Antojos literarios

La cita de Anaïs Nin del post anterior toca tangencialmente un tema que me ha llamado la atención por mucho tiempo, y del que habíamos pensado escribir desde el descubrimiento de Liqüiritia: el efecto de la literatura sobre los antojos.

Se trata de una relación que pertenece a la parte íntima de la lectura, la parte que no se discute en artículos académicos y que –por alguna razón que no acabo de entender, pues me parece un fenómeno interesantísimo– raramente sale a colación en pláticas informales sobre literatura.

Sin embargo los antojos literarios tienen un poder indiscutible sobre la imaginación; un poder, me atrevería a decir, mayor al de los antojos comunes y corrientes. Es difícil determinar por qué el antojo tomado de la literatura rebasa en intensidad al antojo normal, pero posiblemente se deba a la angustia que resulta de la imposibilidad de alcanzar, de hacer tangible, el espacio de la ficción. El hecho de que no te puedas comer un banquete ficticio –como sucede con los banquetes de los sueños– lo hace inevitablemente más atractivo.

Sea cual sea la razón, los antojos literarios me han acompañado con fuerza desde la infancia, y me he visto obligada a preparar cosas bastante peculiares para intentar saciarlos. A los ocho años, por ejemplo, leí en uno de los libros de Laura Ingalls Wilder que los jitomates, en vez de usarlos en platillos salados, los preparaban en conserva –como mermelada– o se los comían frescos con crema y azúcar. La imagen se me quedó en la cabeza durante varios años, hasta que en la adolescencia llegó a tal grado la mezcla de antojo y curiosidad que caminé al super a comprar crema para preparar el dichoso platillo (bastante aceptable, por cierto).

Algo similar me sucedió como a los trece años con los “cucumber samdwiches” de The Importance of Being Ernest (quizá porque, si mal no recuerdo, interrumpen a los personajes cuando se los están a punto de comer). Esos los he tratado de reproducir con varios tipos de pan y con varios cortes de pepino, pero siempre siento que algo falta para que sean los cucumber sandwiches de Oscar Wilde. Otro antojo que me atormenta desde la infancia, y que seguramente me seguirá atormentando mucho tiempo, es el de los jabalíes de Asterix, o el de la tina de queso fundido del libro en el que Asterix y Obelix van a Helvecia. Y pocos antojos he visto tan fuertes como el que ha tenido mi mamá durante prácticamente toda su vida por el “turkish delight” que aparece al principio de The Lion the Witch and the Wardrobe, que leyó de niña. Una vez (hace más de 25 años) uno de sus hermanos le trajo de un viaje una caja de esos dulces; mi mamá se comía una fracción de mordida al día, y así logró que le duraran como un año. Recientemente he descubierto que el fenómeno se extiende a la música: hace unos meses pasé una semana o dos comiendo naranjas y té de jazmín prácticamente diario gracias a los versos “And she feeds you tea and oranges / that come all the way from China” de Leonard Cohen.

Pero quizá lo que me parece más interesante del efecto de la literatura sobre la fantasía gustativa es que el antojo literario puede ser por algo horrendo (y en eso se distingue del antojo normal). Debo reconocer que una vez, después de una noche de copas, desarrollé un antojo violento por los “prairie oysters” que preparan en el musical Cabaret, que consisten –desafortunadamente– en un huevo crudo mezclado con salsa inglesa en un vaso. Otro ejemplo un tanto extremo viene de mi hermana, que por una temporada no podía dejar de comer sardinas enlatadas, después de haberse topado con un personaje en una obra de Beckett que las comía (pocas obras literarias, según yo, abren menos el apetito que la de Samuel Beckett). Por mi parte, acabo de descubrir que, cuando me hacen recordar la escena del “tea party” de Alicia en el país de las maravillas, lo que me salta a la memoria como antojo es la sopa con demasiada pimienta que está preparando el cocinero, a pesar de que en la vida real el té y los pasteles son dos de las cosas que más disfruto. El último ejemplo que daré es de mis favoritos, e involucra, de nuevo, a mi mamá: se dice que Wittgenstein era dueño de una sola olla, en la que preparaba avena; como nunca la lavaba, la avena iba formando una capa seca sobre el fondo y los lados de la olla, que crecía con el tiempo, hasta que, cuando la capa era tan gruesa que impedía la cocción de la avena nueva, Wittgenstein tiraba a la basura su olla y compraba una nueva. Pues mi mamá saliva cuando escucha esta historia, y no resiste mucho tiempo antes de levantarse y prepararse su plato de avena.

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turkish delight

turkish delight

sardinas

sardinas

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L.

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Argel Corpus

Argel Corpus

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May the opulent sun shine  on life is many days. this will end

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springed epitaph

Malcolm Lowry
Late of Bowery……………………………………………………………His prose was flowery
His prose was flowery
And often glowery………………………………………………………………………………………… daily
He lived, nightly, and drank, daily,……………………………lived.………………nightly
And died playing the ukulele……………………………………………………………………………………often glowery

dsc00117He died playing

dsc000641………………………………………………….he died playing

dsc00105

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………………………….the ukulele.

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a postcard

L.

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